|
por Rabino Seth Goren
Parasha Re’eh
11 Augusto 2007
Traducido del inglés por Moshe Ben Chacon. / Translated from English by Moshe Ben Chacon.
Yo debo admitir que la porción de esta semana, no en culpa propria, me molesta un poco. No es por lo de matar a los falso profetas o por lo del mandamiento de diezmar la cosecha a la casta de los sacerdotes. Aunque ambos me suenen, por lo menos problemáticos. Mis indagaciones y frustraciones comienzan con la mención de una abominación de grandes proporciones. No, no aquella abominación. Aquélla se encuentra en Levítico 18:22. Pero es algo que se supone que sea igualmente terrible. Sip, lo has advinado: el camello, que juntamente con otros animales “impuros”, es llamado de abominación en el desierto de Deuteronomio, capítulo 14.
¡Imagínatelo! ¿Quién pensaría que el camello, aunque con su mal aliento, mal olor y un gusto muy peculiar por escupir, sería tan grotesco que sería clasificado de repugnante. Seguro que no me contaron esto en la Escuela Hebraica. Pero antes de que el camello se sienta descriminado, la lista de abominaciones bíblicas es bastante grande. La palabra eligida en muchos idiomas para lo que solemos llamar de “abominación” aparece en la Biblia una 105 veces, de muchas formas, describiendo desde un comerciante sin escrúpulos hasta matrimonios con non judíos. Como dijo Jay Michaelson tan elocuentemente en su ensayo de queerie el abril pasado, “abominaciones” bíblicas como estas son simplemente un hilo en un trozo de tela cuyas implicaciones son mucho más amplias e incuyen leyes de puridad, y de actos, eventos y objetos que de alguna forma se enredan.
Para aclarar, yo no tengo nada en contra de camellos. Al contrario, mi frustración proviene de nuestra amnesia cuando hablamos de “abominación” y como esta palabra es casi que sólo y exclusivamente utilizada para tratar de sexo gay (que aparentemente incluye intimidad entre lesbianas aunque la Biblia ignore este tema completamente) en el discurso religioso y político moderno. Muchos cruzados anti-gays básicamente toman un bolígrafo y borran y subrayan lo que se les parece adecuado y esperan que los demás no se den cuenta. Como resultado, podemos observar que la Derecha religiosa y otras denominaciones conservadoras gozan de un monopolio cuanto a la interpretación de textos fundamentales en nuestra tradición mientras que voces más liberales son casi completamente calladas.
La ironía es que aquellos que intentan cegarnos a algunos versos bíblicos son los mismos que se quejan ser siempre víctimas de la “corrección política,” códigos de campaņa difamatoria y de la “policía de pensamiento.” Y los manifestantes que gritan que “Yo puedo decir lo que quiera, cuando quiera” son los mismos para quienes la libertad ajena es lo de menos.
Miremos este dilema de una forma más directa y práctica: de una forma, es comprensible enfadarse cuando otros te dicen que tipo de habla es aceptable o no. Aunque entendamos la importancia de vivir en sociedad, la idea de abdicar de nuestra libertad de expresión constituye una forma de “abominación” de nuestros días que va en contra de mucho de lo que tanto valoramos. El sentimiento escalofriante de limitación de nuestro discurso tiene la capacidad de hacer con que nosotros acabemos con un caso de gripe de censura.
Dicho esto, comentarios acerca de corrección política no son, a menudo, sobre libertad de expresión. Pongamos por caso que yo estea de acuerdo que “uno” (impersonal) tenga el derecho de llamarme de “abominación” si este “uno” lo quiera. Uno puede llamarme de “maricón”, “sodomita”, “faygele” o hasta el más manso “homosexual.” Uno me puede decir que yo soy responsable por los atentados del 11 de Septiembre, como sugerió el difunto Rev. Jerry Falwell, o que yo sea la causa de miles de muertes de soldados americanos en Iraq como despotrica el inimitable Rev. Fred Phelps. Uno puede decir que yo no tengo el derecho de casarme o que no hay problemas si me echan del trabajo porque soy gay. Por lo general, uno tiene el derecho de decirme todo esto. Y concomitantemente, yo tengo el derecho de pensar que uno es un gran imbécil por articular estas ideas y yo tengo el derecho de articular mis proprias colocaciones.
Desde mi punto de vista, el derecho de decir lo que quiera uno, no trae en si mismo el derecho de controlar lo que otros oyen. Esto no quiere decir que hablamos en una cámera de eco o que lo que decimos no tiene consecuencias. Esto quiere decir que tenemos el derecho de hablar y sentirnos independentes, autónomos y individuales; y esto se aplica no sólo a los que oyen y reaccionan, pero también a los que iniciaron el comentario.
Y lo mismo se aplica a nuestros ejemplos en el contexto bíblico. Las voces de homofobia y de lógicas engaņosas puedes dejarnos sin acción muchas veces. Pero tenemos el poder de controlar nuestras reacciones. Algunas personas pueden decidir entablar un debate intelectual a veces seņalando otras abominaciones bíblicas u otras veces demostrando la hipocresía de un mundo centrado en Levítico 18:22. Aún otros simplemente se sienten exhaustos de entablar la misma conversación tantas veces, quedándose apáticos en la discusión. La mayoría de nosotros nos ubicamos entre los dos extremos, periódicamente desafiando ideas equivocadas, y otras veces tenemos que pulsar el “botón de repetición de alarma”. No importa cual sea la respuesta ante este problema, los que imponen su visión bíblica estrecha no tienen el derecho de limitar nuestra libertad de expresión.
Llegamos así a la conclusión de que, a lo mejor la mención del camello y otras “abominaciones” en la porción de esta semana puede servir otro propósito más positivo. Es verdad que esta porción puede recordarnos de que algunos versos de la Torah han sido casi que borrados de nuestra conciencia colectiva. Al mismo tiempo, este pasaje nos recuerda que tenemos libertad de responder siempre que intenten engaņarnos o cuando se nos tomen el pelo (del camello).
H.T. to J.A.T.
Biographía
El Rabino Seth Goren es director de los programas Twenties y de programas de Posgrado en la Universidad Hillel Jewish Center de Pittsburgh. El recibió su B.A. y M.A. en Linguística en la Universidad de Pennsylvania y su J.D. en la Escuela de Derecho de la Universidad de Pennsylvania. Seth trabaja con proyectos de alcance comunitario por medio de la Unión Reformista de Judaísmo y trabajó también con el Instituto Bryson del Centro Juvenil Attic Youth Center con proyectos visando crear un ambiente más seguro para jóvenes de la comunidad lesbiana, gay, bisexual, transgénera e intersexual.
|