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por Reb Kaplan
Parasha Lech Lecha
17 Octubre 2007
Traducido del inglés por Moshe Ben Chacon. / Translated from English by Moshe Ben Chacon.
En la porción de esta semana, Lech Lecha, Abram (que adopta una nueva fe y cambia su nombre para “Abraham”) recibe la orden de viajar para lejos de todo lo que conocía, hacia un lugar nuevo — con la promesa de que será bendito y transformado.
Aunque yo haya leído Lech Lecha cuando era joven, me he enamorado de la lectura ahora como adulto y he ganado un nuevo entendimiento y empatía por Abram.
Cuando yo era niño (alumno de una escuela judía Ortodoxa) y leí Lech Lecha por vez primera, yo me acuerdo que me quedé muy decepcionado con Abram cuando él mintió sobre Sarai (Sarah) diciendo que ella era su hermana. Como me enseñaron que Abraham es una persona a quien debemos mucho respeto, un gran fundador de nuestra fe (reverenciado por cristianos, musulmanes y judíos) fue muy difícil aceptar que él fue capaz de contar una mentira como ésta. Ahora yo comprendo.
Yo también me encontré en situaciones que me llevaron a mentir, que, por ejemplo, mi amante era mi hermana — y, así como Abraham, yo lo hize por temor y para protegerme. En el caso de Abram, como el viajaba al Egipto, el tenía miedo de que los egipcios le encontraran a su esposa una mujer muy atractiva y le mataran a él para quedarse con ella. El dijo:
Y cuando te vean los egipcios, dirán: Su mujer es; y me matarán a mí, y a ti te reservarán la vida.
Ahora, pues, di que eres mi hermana, para que me vaya bien por causa tuya, y viva mi alma por causa de ti.
Génesis 12:12-13.
Y da la casualidad de que el faraó le encuentra a Sarah una mujer muy atractiva, y piensando que es hermana de Abram y soltera, él se la toma como suya, y como resultado, sufre una maldición de Di-s. Cuando él se entera de la verdad, les manda partir (sin embargo, sin lastimarles — ellos salen con animales y bienes).
En mi caso, no hubo tanto tiempo para planear, y resultó que la situación fue verdaderamente extraña. Cuando ya estaba casi fuera del armario y ya de novios con una mujer por vez primera, nosotras fuimos a un parque de atracciones donde, como muchos adolescentes en una cita, nos abrazamos cariñosamente mientras estábamos en la montaña rusa. Al salir, los hombres que manejaban la máquina nos dijeron, “oh, estas dos hermanas son tan dulces.” En vez de decir quien éramos de hecho, sólo decimos “gracias” y nos fuimos. Otras ocasiones semejantes a ésa se pasaron, y yo sé que una gran parte de la razón por la que decidí fingir ser hermana es que temía por nuestra seguridad. En los 80, había muy poca gente fuera del armario. La Corte Suprema de los EE.UU recién había pasado una ley para detener a cualquier persona culpable de hacer sexo con una persona del mismo género aunque fuera dentro de la propria casa. Violencia anti gay era muy común, y en muchos casos la policía no hacía nada o aceptaba o aún participaba de la violencia. Así como Abraham, yo temía por mi seguridad si contara la verdad.
Aunque no nos golpearon, las mentiras nos lanzaron una maldición. Yo descubrí que no podía “fingir” que no éramos amantes — y no estarmos enamoradas — sin que esto no causara un gran impacto en mi alma, en mi relación, y en mi propria capacidad de amar.
Entonces, para mí es como un gran milagro que ahora yo estoy escribiendo un ensayo sobre Lech Lecha en el Día Nacional para Salir del Armario (Yo escribí este ensayo el 11 de octubre), y siento que la lección de Lech Lecha es que siempre debemos buscar quien somos verdaderamente. Esta búsqueda es llena de desafíos — yo admito — pero vale la pena seguir adelante.
Y es esta búsqueda que me lleva de vuelta al comienzo de la porción de esta semana. La parte que habla más alto conmigo es:
Pero Dios había dicho a Abram: Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré.
Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición.
Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra.
Y se fue Abram, como Dios le dijo; y Lot fue con él. Y era Abram de edad de setenta y cinco años cuando salió de Harán.
Génesis 12:1-4.
Abram tiene que dejar no sólo una, sino que tres cosas. Di-s le ordena dejar “artzecha” — su tierra, y “moladetecha” cuya traducción más cercana es “quien le dio la luz” — y también dejar “beyt avicha” — la casa de tu padre.
Para comenzar una nueva vida, basada en un sistema nuevo de creencia, había tres cosas que Abram tenía que abandonar. Para seguir adelante, no sólo físicamente, pero emocionalmente y espiritualmente, él tendría que abandonar tres vínculos con su pasado. El tendría que abandonar los vínculos con la tierra donde vivía (artzech). El tendría que cortar los lazos con la casa de su padre “beyt avicha” — indicando que él debería cortar las conecciones materiales con el mundo de su padre, y con ello también toda la visión de mundo. Y él debe liberarse de la “moladetecha” — muchas veces traducida como “parentela” o “lugar de nacimiento.” Al decir que él debe liberarse de todo lo que le dio la luz, la Torah implica que él debe liberarse de la creencia de que la circunstancias de su nacimiento determinarían lo que él puede hacer con su vida.
Abram tiene que abandonar mucho, ¿pero adónde va él? Desde mi punto de vista ésta es la parte de la parasha que más claramente muestra un acto de fe. Abram decide salir sin saber adónde ir, sino que a “la tierra que yo, Tu Dios te mostraré.” A veces, para hacer un viaje importante, todo lo que sabemos es que debemos ir, sin saber nuestro destino. Tal vez tengamos que liberarnos de todo lo que nos retrasa, antes de irnos adelante, y antes de saber adonde vamos.
Para muchos de nosotros, y especialmente para las personas LGBT, el proceso de crecimiento y de autoconfianza exige que abandonemos muchas cosas de nuestro pasado y de nuestra educación, especialmente si estos lazos vienen con mensajes de que debemos ser heterosexuales. Y, tal vez por ello, muchos de nosotros tienen que viajar muy lejos de su lugar de nacimiento para encontrar lugares donde podamos florecer.
Cuando nos liberamos de todo lo que debemos abandonar y viajamos hacia nuestro proprio destino, nosostros nos bendecimos y nos transformamos en una bendición para los otros. Cuando encontramos nuestro lugar en este mundo, libres de nuestro pasado, no sólo nuestra vida se hace bendita, sino que también nos transformamos en un regalo para los demás.
Y yo estoy contenta de mi viaje, porque me trajo 3,000 millas para una tierra donde yo experimento el sentimiento de ser bendita y ser una bendición para los otros — viviendo en una ciudad con la mayor población de parejas lesbianas en los EE.UU, enseñando Torah, comiendo comida orgánica, y participando de la curación del futuro de nuestra región. Cuando salí de casa, yo no sabía donde acabaría, pero valió la pena.
En un viaje de vuelta a la ciudad donde crecí, en una mañana de Shabbat en una sinagoga reformisa con mi mamá, me llamaron para leer de la Torah la porción que abre Lech Lecha. Ello me ayudó a librarme del sentimiento de “culpa” por vivir tan lejos de mi casa — después de todo, Abram también lo hizo. Y yo llegué a otra conclusión al leer el texto inmediatamente antes de Lech Lecha. Los padres de Abram comienzan el viaje en la misma dirección:
Y tomó Taré a Abram su hijo, y a Lot hijo de Harán, hijo de su hijo, y a Sarai su nuera, mujer de Abram su hijo, y salió con ellos de Ur de los caldeos, para ir a la tierra de Canaán; y vinieron hasta Harán, y se quedaron allí.
Génesis 11: 31.
Pero ellos no siguen viajando, y Abram tiene que completar el viaje sin ellos. Aunque ellos no hayan hecho el viaje con Abram, aunque su desarrollo espiritual exija que él vaya solo — ellos no viajaron en direcciones opuestas. Fue el comienzo del viaje que Abram completaría más tarde. Muchas veces, lo que nuestros padres nos desean es una vida buena, pero ellos no pueden hacer el viaje con nosotros. Pero la Torah nos enseña que es un acto de fe viajar sólo si ésta es nuestra única opción.
Bibliografía
Reb Kaplan vive en Oakland, California donde ella es la primera oficial abiertamente gay a ser elegida para participar de la Junta de Tránsito. Ella enseña Torah en la congregación Shaar Zahav en San Francisco. Kaplan se recibió en Psicología y Estudios de la Mujer en MIT, un grado de maestro en Orden Público y un grado en derecho de Stanford. Ella ha trabajado como ayudante en la Asamblea Estatal, abogada de derechos humanos y defensora de la política de sostenibilidad.
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